La suerte se gasta
Cuentos · Una noche en la barbacoa, un juicio en la televisión, y una promesa de zapatos ajenos.
En la barbacoa de Meraldo cabían dos sillas, una mesa y el humo del tabaco. Nada más. Cuando Eric subía la escalera de caracol, hecha con tubos de andamio, ya sabía lo que iba a encontrar: al viejo sentado frente a la botella, con un vaso servido y otro vacío, esperándolo sin esperarlo.
Aquella noche la televisión del vecino se oía a través del tabique. Estaban pasando el juicio. Un general pedía perdón con la voz quebrada, y la sala en silencio, y los jueces de verde. Meraldo escuchaba con la cabeza ladeada, como se escucha llover.
—A ese yo le trabajé —dijo.
Eric no preguntó qué le trabajó. Eso no se pregunta.
—He visto caer ministros —siguió el viejo, sirviéndole—. He visto generales de rodillas pidiendo un perdón que ya estaba negado desde antes del juicio. Y a todos les dije lo mismo cuando vinieron a verme con sus carros y sus escoltas: la suerte no es un regalo, mijo. Es un préstamo.
Afuera pasó una guagua. La barbacoa tembló un poco, como temblaba siempre, acostumbrada.
—Yo comí en banquetes donde sobraba la langosta —dijo—. Y he pasado años en que esta botella era la única visita. Uno arriba, uno abajo. Uno arriba, uno abajo. Así es la rueda. Lo que importa es caer parado.
—Usted siempre cae parado.
Meraldo se rió con esa risa suya, corta, de dos golpes.
—Hasta ahora. Pero la suerte se gasta, Eric. Como las suelas. Uno camina y camina y no se da cuenta, hasta que un día pisa un vidrio y le llega al hueso. Ese día uno mira la suela y ve que hacía años que estaba fina.
Levantó el vaso vacío, el otro, el que no era de nadie, y lo movió apenas, como brindando con alguien sentado en la única silla que no existía.
—Este es para la que ya no está —dijo, y no explicó más, y derramó un poco en el piso de tablas.
Eric miró la mancha oscura extenderse entre las vetas de la madera. Pensó que abajo, en el cuarto del vecino, alguien iba a ver aparecer una gota en el techo. Pensó que así funcionaba todo en ese país: lo que uno derramaba arriba, siempre le caía a otro.
—¿Y cuando se le gaste la suya? —preguntó.
El viejo lo miró largo. Por un momento a Eric le pareció que los ojos le cambiaban de color con la luz del bombillo, pero no dijo nada.
—Cuando se me gaste la mía —dijo Meraldo—, voy a necesitar zapatos ajenos.
Se rieron los dos. Uno de los dos no sabía de qué se estaba riendo.


