La noche que faltó
Un cuento del universo Ya Eres un Hombre. Cananova, la carretera a Moa, las horas que no cuadran.
El tren de La Habana llega hasta Holguín. De ahí para Moa hay que seguir en guagua, y en ese pedazo de viaje uno habla con cualquiera, porque el tedio junta a la gente más que la sangre.
En el vagón restaurante, Eric compartió cerveza con un negro grande que tenía siete marcas en la frente y siete en la nuca. Rayitas verticales, parejas. No eran cicatrices de machete ni de pelea. Eran de esas que deja una cosa cuando se aprieta mucho rato contra la piel, con paciencia, con intención.
—El sábado me caso —dijo el hombre—. Macho asado en púa. Estás invitado.
—¿Dónde?
—Cananova.
Eric no sabía dónde quedaba eso. Después supo que era un pueblo perdido entre Sagua de Tánamo y Moa, con una sola casa de mampostería, que era la bodega y el teléfono. Lo demás era madera vieja peleando contra la gravedad.
Fue con Osmani. Por el macho asado, dijo, porque por una boda él no se movía.
El chofer de la guagua los miró la ropa antes de contestarles.
—Esta es la última que va a Moa. Hay otra a las ocho, pero va para Sagua.
La casa del novio fue fácil de encontrar. Los recibieron con aguardiente y masitas de puerco. Mientras el trago le quemaba la garganta, Eric vio, por una rendija de cortina, un cuarto con una vela encendida y algo debajo de la vela que no quiso mirar dos veces. Le dieron un short y unas chancletas gastadas pero limpias, para que no echara a perder la ropa, y lo llevaron al fondo, donde el puerco giraba sobre las brasas.
Los hombres bebían en rueda, sin camisa. Todos negros o mestizos. Eric era el único blanco y nadie se lo hizo sentir. A las siete se fue la luz. Nadie gritó. Nadie dijo nada. Como si la oscuridad también estuviera invitada.
Quedaron las brasas. Y con esa luz roja, los hombres alrededor del fuego dejaron de parecer hombres. Eran sombras con un borde encendido, nada más. Sombras que bebían y se pasaban la botella.
—Vámonos —dijo Osmani, halándolo por el brazo.
—¿Para dónde?
—Para cualquier lado. Pero lejos.
Eric no vio motivo. Él era el único blanco y estaba bien. Pero algo en la voz de Osmani no admitía discusión, así que pidieron mil disculpas y se fueron.
La guagua de las ocho llegó como una isla de luz. Venía vacía. Subieron ellos dos solos, pero Eric se sorprendió varias veces mirando hacia el fondo, para comprobar que seguía vacía. Seguía vacía. Eso era lo raro: que necesitara comprobarlo.
Se bajaron en el entronque de Sagua, para caminar los diecisiete kilómetros hasta Moa.
—Esta noche va a estar muy oscura —dijo el chofer—. No es buena noche para andar la carretera.
—Tendremos cuidado con los carros.
—No son los carros lo que me preocupa.
La guagua se fue y se llevó toda la luz del mundo. Eric esperó a que los ojos se le acostumbraran. No se acostumbraron. Al contrario: la oscuridad fue creciendo, espesándose, hasta que no vio a Osmani, ni la carretera, ni su propia mano pegada a la cara. Arriba había estrellas. Las estrellas no alumbraban nada. Estaban ahí como testigos, nada más.
—¿Eric? ¿Estás ahí?
—¿Dónde voy a estar?
—Dame la mano. Caminamos juntos.
Eric estiró el brazo hacia la voz. Tocó algo frío. Frío y viscoso, como cosa sacada del fondo de un pozo.
—Déjate de gracias —dijo Osmani—. ¿Por qué me tocas así? Y ahora te ríes.
—Yo no te he tocado. Yo no me he reído.
Y era verdad.
Caminaron en silencio, con el barranco a la izquierda, invisible pero presente, como una boca abierta. Eric sintió un aire fresco en la nuca.
—Está refrescando —dijo.
—No corre ni gota de aire.
Más adelante, Osmani lo hizo parar.
—Oye.
Eric no quería oír. Hacía rato que oía. Pasos. Los de él, los de Osmani, y uno más, con un intervalo pequeño, como el de alguien que camina detrás cuidando de no emparejarse.
—Es el eco de las montañas —dijo Eric.
Se detuvieron. Se oyó un paso. Después otro. Después, solo, el tercero.
No hablaron más de eso. No se podía. Hay cosas que mientras no se nombran caminan atrás, y nombradas caminan al lado.
Unos faros aparecieron de frente. Cuando la luz los desnudó, Eric miró hacia atrás por instinto y alcanzó a ver una sombra que no era de ninguno de los dos, metiéndose entre los arbustos del borde. La camioneta pasó de largo, frenó a quince metros. Corrieron. Cuando iban llegando, arrancó otra vez y frenó veinte metros más allá. Las luces rojas de atrás les alumbraban las caras como brasas.
—¡No se acerquen o me voy! —gritó el chofer—. ¿Quiénes son?
Le explicaron. Los dejó montar: uno en la cabina, otro atrás.
—Mi mujer no quería que yo saliera hoy —dijo el hombre, manejando sin mirar a Eric—. En este tramo se ha perdido gente.
—¿En el monte?
—En la carretera. Y no ha aparecido nunca.
Eric pensó en asaltos, en cuerpos escondidos entre los árboles. Lo pensó porque necesitaba pensarlo. Debajo de ese pensamiento había otro, y a ese no lo dejó subir.
—Los dejo donde recogen a los obreros de la fábrica —dijo el chofer—. Ya casi es la hora. Los recogen a las seis.
—¿A las seis de qué?
—De la mañana. Faltan quince minutos.
Eric no contestó. Habían bajado de la guagua a las ocho y pico de la noche. Diecisiete kilómetros. Tres horas de caminata, cuatro con miedo. Las contó y las volvió a contar mientras la camioneta los dejaba junto a una caseta con una bombilla amarilla, la primera luz honesta de la noche.
Osmani no dijo nada. Él tampoco. Nunca hablaron de las horas que faltaban.


