En el verano de 1989, el calor de La Habana entraba en las casas por la pantalla del televisor.
Por las noches, buena parte del país se sentaba a mirar las imágenes de un juicio que nadie esperaba ver. Los ventiladores giraban sin aliviar demasiado el calor. En las salas, familias enteras seguían las declaraciones de hombres que, apenas unas semanas antes, llevaban grados, medallas y escoltas. Ahora aparecían sentados ante un tribunal militar, respondiendo preguntas sobre asuntos que hasta entonces pocos cubanos habrían imaginado escuchar por televisión.
No vimos el juicio completo, sino las sesiones y fragmentos que se difundieron. Yo lo seguí desde la sala de mi casa, muchas veces con el volumen bajo. Recuerdo más el silencio que las palabras.
El rostro más conocido era el de Arnaldo Ochoa Sánchez, general de división y Héroe de la República de Cuba. Había mandado tropas cubanas en Etiopía y Angola, y gozaba de un prestigio que no se conseguía solamente con los grados. Hasta hacía poco, su nombre se pronunciaba con orgullo. Aquel verano empezó a pronunciarse bajito.
Entre los acusados estaban también el coronel Antonio de la Guardia, del Ministerio del Interior, y otros militares y funcionarios. Se les atribuyeron operaciones de narcotráfico, corrupción y utilización de recursos estatales en negocios ilícitos. Según la acusación oficial, redes vinculadas al cartel de Medellín habían utilizado territorio cubano para facilitar el tránsito de cocaína hacia Estados Unidos.
Los acontecimientos se sucedieron con una rapidez difícil de asimilar. Primero vino el Tribunal de Honor que degradó a Ochoa. Después, el Tribunal Militar Especial. Cuatro hombres fueron condenados a muerte: Arnaldo Ochoa, Antonio de la Guardia, Jorge Martínez Valdés y Amado Padrón Trujillo.
El Consejo de Estado ratificó las sentencias. Los fusilaron en la madrugada del 13 de julio de 1989.
Entre el arresto de Ochoa y su ejecución pasó apenas un mes.
Lo que se dijo
La explicación oficial presentaba el caso como una traición a los principios de la Revolución. Se habían descubierto graves delitos dentro de las propias instituciones y sus responsables debían responder ante la justicia, sin importar sus cargos ni sus servicios anteriores.
Ese fue el mensaje de los periódicos, del noticiero y de las reuniones en los centros de trabajo. También hubo asambleas donde se reclamaban condenas públicas. En aquellos días, quedarse callado podía resultar tan incómodo como decir algo inconveniente.
La investigación tuvo consecuencias mucho más amplias que las cuatro ejecuciones. El ministro del Interior, José Abrantes, fue destituido y posteriormente condenado a veinte años de prisión en otro proceso. Murió en 1991, mientras cumplía condena. El Ministerio del Interior sufrió una profunda reorganización y numerosos mandos fueron sustituidos.
Treinta y siete años después, continúa siendo la versión oficial del caso.
Lo que se susurró
Fuera de la televisión había otras conversaciones. Se escuchaban en las casas, entre personas de confianza, a veces después de asegurarse de que nadie más estuviera cerca.
La primera duda era casi inevitable: ¿cómo podían desarrollarse operaciones de semejante envergadura sin conocimiento de las máximas autoridades? En un país donde tantas decisiones necesitaban aprobación, resultaba difícil creer que el movimiento de grandes cargamentos hubiera pasado completamente inadvertido.
Eso no demostraba que los dirigentes conocieran o autorizaran las operaciones. Pero la pregunta existía, y no desaparecía porque el noticiero ofreciera una respuesta.
Había otra interpretación, más política. En abril de aquel año, Mijaíl Gorbachov había visitado La Habana. La Unión Soviética atravesaba la perestroika y en Europa del Este los gobiernos socialistas comenzaban a perder el control de sociedades que llevaban décadas sin poder decidir su propio destino.
Ochoa regresaba de Angola con prestigio militar y una trayectoria reconocida. Algunos observadores interpretaron su caída como una advertencia a las Fuerzas Armadas y al Ministerio del Interior: los cambios que se estaban produciendo en Moscú no encontrarían una continuación en La Habana.
También circulaba una sospecha menos elaborada, la que se escuchaba en las colas o durante una conversación entre vecinos: que aquellos hombres habían pagado por responsabilidades que iban mucho más arriba.
Nunca he tenido pruebas para decidir cuál de esas interpretaciones se acercaba más a la verdad. Tampoco creo que una pregunta sin respuesta convierta en verdad cualquier sospecha.
Lo que recuerdo de aquel verano es la facilidad con que cambió la manera de hablar de personas a las que hasta entonces se consideraba intocables. Un general podía pasar de héroe a traidor en unas semanas. Y cualquiera que hubiera trabajado cerca de él podía empezar a preguntarse qué consecuencias tendría aparecer mencionado en un expediente.
El hueco
Con los años llegaron libros, testimonios, investigaciones periodísticas y documentales.
Andrés Oppenheimer publicó La hora final de Castro. Norberto Fuentes escribió Dulces guerreros cubanos. Ileana de la Guardia, hija de Antonio de la Guardia, contó parte de su historia familiar en Le nom de mon père —El nombre de mi padre—. También la ficción se ha acercado al proceso, como hizo Arnoldo Tauler en El general Sombra.
No faltan, por tanto, relatos sobre la Causa No. 1. Pero hay un aspecto que sigue interesándome especialmente: la vida de quienes no ocuparon el banco de los acusados, aunque las decisiones de aquellos hombres terminaran alcanzándolos.
Pienso en el empleado que revisaba una relación de mercancías y encontraba una cifra que no cuadraba. En quien firmaba un documento porque era parte de su trabajo y porque negarse a firmarlo podía costarle el puesto. En los funcionarios que recibían órdenes de una oficina cuya verdadera función desconocían.
Personas que quizá nunca supieron qué estaban haciendo otros con la información que ellas manejaban.
No todas eran inocentes. Algunas sospechaban, otras preferían no enterarse, y también las habría que aprovecharan su posición. Precisamente por eso me interesa la novela: permite entrar en esas contradicciones sin tener que convertir a cada personaje en víctima o culpable desde la primera página.
Me he preguntado por qué conocemos tan poco de esas vidas.
El miedo es una explicación posible. Dentro de Cuba, escribir sobre determinados asuntos sigue teniendo consecuencias. Fuera de la isla existe mayor libertad, pero también la tentación de contar cada episodio como una demostración política. Cuando eso sucede, los personajes corren el riesgo de quedar reducidos a lo que representan.
Está además el problema de los documentos. Se difundieron testimonios y materiales oficiales del juicio, pero eso no significa que todos los archivos necesarios para reconstruir lo ocurrido estén disponibles. Hay preguntas que continúan abiertas.
La literatura, sin embargo, no tiene que esperar a que aparezca el último papel. Su obligación es otra: construir una experiencia humana creíble, sin presentar como historia demostrada lo que pertenece a la imaginación.
Y está la cercanía. Los hijos de los fusilados, sus familiares, quienes participaron en las investigaciones y muchas de las personas que vivieron aquellos acontecimientos conservan recuerdos propios. Escribir sobre un episodio así significa entrar en una historia que todavía puede doler.
Han pasado treinta y siete años. La distancia ha cambiado la manera de mirar aquel verano. No ha contestado sus preguntas.
Lo que intenté
Cuando escribí Sal y Sombra, el segundo tomo de Ya eres un hombre, no quise reconstruir el juicio ni imaginar conversaciones entre los generales. Me interesaba otro lugar de aquella historia.
Eric Miranda trabaja con computadoras, informes e inventarios. Llega al mundo del comercio exterior después de una vida en la que ya ha aprendido cuánto puede costar una mala decisión. Cree que un puesto de trabajo le permitirá encontrar cierta estabilidad. Poco a poco descubre que algunos documentos dicen una cosa y las mercancías contienen otra.
Tiene conocimientos que otros necesitan y un pasado que puede utilizarse en su contra.
Pero Eric tampoco es un hombre inocente al que simplemente engañan. Necesita protección, quiere salir adelante, se equivoca y toma decisiones que en ocasiones prefiere no examinar demasiado. Confía en personas que tienen sobre él una autoridad que va mucho más allá de lo profesional.
Ahí empieza su verdadero problema.
Cada informe que prepara parece resolver una tarea concreta. Una relación de mercancías, una cifra, una firma. Él puede comprobar un dato, pero no sabe quién utilizará después ese documento ni con qué propósito.
Y cuando comienza a comprenderlo, algunas decisiones ya están tomadas.
Quise escribir desde esa incertidumbre. Me interesaba lo que ocurre cuando una persona descubre que las reglas con las que ha vivido no son las mismas que obedecen quienes deciden por ella.
En una escena de la novela, Eric llega al Malecón después de una noche que lo ha dejado emocionalmente destrozado. Se sienta en el muro y ve pasar unos vehículos militares:
Camiones verde olivo. Uno detrás de otro, sin luces, hacia el túnel.
No sé a dónde van. Sé a qué huelen.
Tampoco el lector recibe una explicación. Me importaba conservar esa ignorancia, porque muchas veces así se vivían las cosas: uno veía un movimiento extraño, escuchaba un nombre, notaba que alguien dejaba de aparecer por la oficina, y seguía con su vida.
Preguntar podía complicarla.
En Sal y Sombra, la Causa No. 1 forma parte del trasfondo histórico que termina alcanzando a Eric. No he pretendido convertir su historia ficticia en una explicación de aquel proceso. Lo que ocurre en la novela pertenece a sus personajes, aunque el mundo que habitan se parezca demasiado al que conocimos.
Cierre
Todavía quedan muchas historias por contar sobre aquel verano. Algunas necesitarán nuevos documentos; otras podrán escribirse desde los recuerdos de quienes estuvieron cerca, aunque nunca llegaran a conocer todo lo sucedido.
Yo elegí a Eric Miranda, un hombre sin grados ni poder, que intenta encontrar su sitio y termina atrapado entre lo que sabe, lo que ha hecho y lo que ya no puede cambiar.
Al escribirlo volví a pensar en aquellas noches frente al televisor. En el ventilador dando vueltas, las imágenes del tribunal y las conversaciones que continuaban después, cuando se apagaba la pantalla y cada cual medía sus palabras.
Aquel verano aprendimos a callar.
Escribir es mi manera de dejar de hacerlo.
Datos de contacto
Correo electrónico: autor@hdelmonte.com
Sitio del autor: hdelmonte.com
Residencia: Europa
El polvo rojo de Moa ← « Ensayos » → El Maleconazo sin cámaras
Otras piezas del universo en Cuentos , Postales del muerto y Voces de la isla.
📕 Leer el Capítulo I de Tierra Roja gratis (PDF)
Si te llegó, compártelo con quien piense que podría interesarle.
📚 La trilogía completa en Amazon
H. del Monte: Todos los jueves te llega un cuento nuevo de este mundo. Un correo, una historia, la isla. Si quieres recibirlos por correo, suscríbete abajo.
¡Gracias por leer! Suscríbete gratis para recibir nuevos posts y apoyar mi trabajo.



