Hay lugares a los que se llega antes con el cuerpo que con el entendimiento. Aquel día, el avión se detuvo, pero nosotros nos quedamos suspendidos en el umbral. A través de las ventanillas, el mundo exterior no era más que una masa densa, una niebla blanca y rojiza que borraba los horizontes y aplastaba la mirada. Afuera, la prisa de los demás pasajeros se desvanecía en la bruma; adentro, en el pasillo vacío, el tiempo se estancó. Éramos solo los profesores y yo, inmóviles en nuestros asientos, congelados en un titubeo que lo contenía todo: el miedo a lo desconocido, el peso de una advertencia que aún no tenía voz, y la intuición sorda de que cruzar esa puerta significaba dejar algo irreversible atrás.
Fue el piloto quien rompió el hechizo al regresar a la cabina con una orden seca: teníamos que bajar, el viaje había terminado. Pero el verdadero anuncio no llegó con sus palabras, sino con el olor: un aire denso se filtró por las compuertas, anticipando el territorio. Al descender, nuestros pasos se limitaron a una estrecha cinta de asfalto, un refugio inacabado que se cortaba de golpe. Más allá de esos pocos metros terminados, la realidad se imponía en un terraplén de tierra roja y profunda, un tono oscuro, casi negro, que recordaba irremediablemente a la sangre cuando se seca. Estábamos de pie junto al metal del avión, pisando la frontera exacta entre el viaje que terminaba y el paisaje a medio construir que nos esperaba.
Para entender por qué aquella puerta me costaba tanto cruzarla, hay que volver unos meses atrás, a La Habana, a un muchacho que se creía invencible.
Terminar el preuniversitario había sido como ponerme una corona invisible. Me movía por La Habana con el brío de quien se cree invencible, convencido de que mi físico y mi carisma eran llaves maestras capaces de abrir puertas cerradas para los demás. Llevaba en los ojos el brillo que da el favoritismo de los profesores y la admiración de los amigos, una fama que flotaba muy por encima de mi verdadera vida. En las noches de la capital, entre música, fiestas y placeres, yo era el joven que no le temía a nada. O al menos eso pensaban todos cuando me preguntaban, con asombro, cómo lograba vivir sin miedo. Pero se equivocaban. El miedo estaba ahí, agazapado en el centro mismo de mi audacia: el terror a no cumplir con las expectativas, a fallar, a que alguien descubriera que detrás de la coraza también habitaba un ser vulnerable. Era ese pánico a la mediocridad lo que me empujaba a arriesgarme justo donde otros daban marcha atrás.
Fue ese impulso, y no la vocación, lo que me llevó a firmar la solicitud de una carrera técnica que no había elegido bien. Había marcado mal mis opciones anteriores y rellené el espacio sin molestarme en averiguar qué significaban esas palabras ni en qué rincón del mapa se estudiaban. Escuché el nombre de Moa por primera vez el día en que me anunciaron que la plaza era mía. Al principio lo ignoré con soberbia; les aseguré a mis padres y a mis amigos que jamás me iría de La Habana, que ya encontraría la forma de escapar del destino. Durante dos meses, el hechizo de las vacaciones y el cuerpo de una novia fueron mi tabla de salvación, un refugio que se rompió de golpe con una llamada que la reclamaba en su provincia, junto a su madre. Al quedarme solo, el orgullo herido transformó el exilio en un desafío. En apenas dos días armé la maleta con un cuidado ridículo: la llené de ropa fina, camisas de salir, ropa pensada para las noches de La Habana. Hoy, a la distancia del tiempo, sigo sin comprender qué trampa de la imaginación me hizo construir una Moa de luces y asfalto, una réplica de La Habana que estaba a punto de perder.
Esa maleta, atiborrada de ropa de fiesta y pretensiones nocturnas, era mi último vínculo con la ficción de mí mismo. Esperaba un escenario y me encontré con un muro de niebla. El contraste definitivo llegó al pisar tierra, cuando el viaje ya había terminado pero el descenso aún no comenzaba. Allí apareció la que ya sabía. Uno de los profesores reconoció a una antigua compañera de estudios que hacía la ruta inversa: ella se marchaba de Moa para siempre. En el pasillo angosto de la nave de madera que servía de aeropuerto, bajo la luz mortecina de una bombilla, aquella mujer se detuvo y, en una ráfaga de pocos minutos, nos entregó una síntesis brutal de lo que serían nuestros próximos años. Nos habló de un aislamiento de óxido, de un pueblo devorado por el polvo donde la vida se medía en turnos de mina y la ropa se teñía, sin remedio, del color de la sangre seca.
Escuchamos su letanía con la soberbia intacta de los recién llegados. Cuando terminó, el profesor rompió la tensión con una carcajada: «Oye, nunca habías hecho un cuento de ciencia ficción tan gracioso como ese; sé que te gusta la literatura, pero ese relato está demasiado fuerte». Todos reímos con él, aliviados, amparados en el chiste que convertía la advertencia en una exageración artística. Yo pensé en mis camisas de fiesta guardadas en el equipaje y sentí que su descripción era un delirio ajeno a mi brío de triunfador. Ella no se ofendió; nos miró con una mezcla de lástima y certeza, y soltó la última sentencia: «Ríanse ahora, que se van a acordar de mí con el tiempo». Su risa quedó flotando en el aire mientras se alejaba. Solo un instante después, en la puerta de salida, el olor nos invadió y la gravedad de Moa nos empujó hacia la carretera, listos para confirmar, palabra por palabra, la verdad del cuento que acabábamos de despreciar.
A pesar de que solo estuve allí apenas año y medio, Moa fue un antes y un después. No es que me marcara: es que buena parte de quien soy ahora nació en aquel polvo. En medio de la hostilidad, las dificultades y el peligro se forjaron amistades que la supervivencia soldó para siempre —décadas después siguen intactas—. Vivíamos al margen de todo: de la FEU, de la UJC, de las consignas y las asambleas, ajenos a un país que en otras partes lo ocupaba todo. Creíamos, con la ilusión de los muy jóvenes, que se podía vivir así en Cuba indefinidamente, sin que nadie viniera a cobrarnos la cuenta.
Pero Moa también fue el lugar donde empezaron a pasarme cosas que todavía hoy, ateo como soy, no consigo nombrar. Estuve varias veces al borde de morir y salí ileso; los amigos hablaban de una suerte increíble. Aprendí, sin querer creerlo, a reconocer un aviso: esa sensación de que algo caminaba a mi lado con leyes que no eran las mías, y que a veces se detenía en un lugar un instante antes de que ese lugar se volviera mortal. No lo entendí entonces. No lo entiendo del todo ahora. Solo sé que el hombre que había llegado con su maleta de camisas de salir, convencido de que el mundo se abría a su paso, empezó en Moa a sospechar que había otras cosas abriéndose, y que no todas eran para bien.
Por eso lo más extraño de todo fue el final. Cuando me expulsaron, lo que sentí no fue alivio. Fue dolor. Me dolió dejar la universidad, me dolió romper el vínculo con aquel lugar que me había maltratado sin descanso. Un sitio del que te echan y cuya pérdida, sin embargo, duele, es un sitio que ya no vas a poder devolver: se te ha quedado dentro, como el polvo, y ya no hay manera de sacarlo.
Escribí todo esto porque quería dejar constancia de lo que viví y sentí, y también por una razón menos clara: para ver si, puesto en palabras, aquello se sentía distinto. No se sintió distinto. Se sintió más real.
A Eric le presté mi experiencia y mi imaginación para que bajara al abismo que yo solo alcancé a rozar. Él hizo lo que yo no hice: obedeció el aviso, cargó el muerto, pagó la cuenta. Yo me quedé en el umbral —como aquel día, en la puerta del avión—; él cruzó. Esa es toda la diferencia entre un hombre y el personaje que escribe.
De Moa me fui hace mucho tiempo. He recorrido medio mundo desde entonces. Pero cada vez que nos juntamos los que estuvimos allí, la conversación termina sin falta, en Moa —hasta el punto de que los que no la conocieron nos reprochan que no hablemos de otra cosa—. No sabemos hablar de otra cosa porque no nos fuimos del todo. Bajé de aquel avión limpio, con mi maleta de ropa de fiesta y mi certeza de que el mundo se abría a mi paso. Han pasado años. A veces, al lavarme las manos, tengo la sensación de que nunca llegan a estar limpias.
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Residencia: Europa
Anterior en Ensayos: [Una semana de vida].
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