Una semana de vida.
Notas desde un ateo sobre el Palo Mayombe y la literatura cubana.
I. La consulta
Era la mañana del primero de enero. Había pasado el fin de año en Güines, en casa de un amigo. Cuando me desperté, él ya estaba vestido para salir. Me dijo que iba a ver a alguien con quien se consultaba siempre al comenzar el año. No le había escuchado mencionarlo nunca. Le propuse acompañarlo, casi por bromear. Mi amigo no era palero, pero su padrino sí lo era: un Tata Nkisi del Palo Mayombe. Él me miró con cierta seriedad y trató de disuadirme. Le insistí. Acabó cediendo más por no discutir delante de su familia que por convicción.
Cuando llegamos había unas cinco personas esperando. Detrás de nosotros entraron otras siete. Cuando le tocó su turno, le pedí pasar antes que él. Mi argumento era simple: el Tata no me conocía, no podría decirme nada de mí, y aquello sería una manera elegante de mostrarle a mi amigo que el asunto era una tontería. Yo era ateo y no tenía intención de dejar de serlo. Mi amigo me dejó pasar para no discutir delante de los demás, pero en su cara se notaba que no quería. Sabía que mi intención era demostrar que el Tata era un fraude.
La habitación olía a tabaco. El Tata estaba sentado frente a una mesa baja, fumando. Era un hombre mestizo de mediana edad, sin nada teatral en el porte. Me miró fijo cuando entré y me indicó que me sentara enfrente.
—¿Para qué tú vienes aquí, si tú no crees? —dijo.
—Para ver si me convence de lo contrario —respondí.
—La fe no se hace por convencimiento.
Cogió unos pedazos de coco y los tiró sobre la mesa. Lo que vio le borró la sonrisa. Volvió a tirarlos. Y otra vez. Después me preguntó con quién había venido. Le dije que con un amigo. Me pidió que lo fuera a buscar.
Cuando regresamos los dos, nos hizo sentar a ambos.
—¿Ustedes me permiten que compruebe si su amistad es verdadera? Porque lo que tengo que decir solo se lo puedo decir a un verdadero amigo —dijo.
Estuvimos de acuerdo. Tiró los cocos de nuevo y al parecer quedó complacido con la respuesta.
—Este año tu cumpleaños cae en Semana Santa —me dijo—. Una semana después de tu cumpleaños se acaba tu camino. Vas a morir.
De todas las cosas absurdas que podía haber esperado oír esa mañana, aquella era la peor. No pude evitar sonreír.
El Tata tiró los cocos de nuevo, esta vez para mi amigo, y le dijo:
—Tú vas a estar ese día. Vas a estar tomando con él. Cuando veas que alguien coge un cuchillo, trata de intervenir, porque no es para ti, es para él. No hay enemigo. Solo alguien que le tiene mucha envidia.
Después se volvió hacia mí.
—Ahora estás muy bien con los negocios que tienes, pero antes de llegar a tu cumpleaños lo vas a perder todo. No te voy a mandar ningún trabajo, porque no hay nada que pueda cambiar lo que se ha dicho. Arregla tus cosas.
Yo seguía dentro de mi escepticismo, casi divertido.
—Se supone que tú tienes poder con la muerte —le dije—. Debes saber qué hacer.
Me miró serio.
—Yo no puedo hacer nada. Solo puede salvarte tu santo o tu muerto, si son fuertes. Pero tú no crees en ellos. Tú no estás Iré, estás Osogbo, y eso no va a cambiar, sin importar lo que yo haga.
Y antes de que me levantara, añadió:
—Los hombres ya no pueden hacer nada por ti. Para los hombres, tú vas a estar muerto. Si por casualidad quedas vivo, ven para rayarte.
Casi en voz baja, sin dramatismo, como quien deja una nota práctica al borde de una mesa, agregó una cosa más:
—La puñalada te la van a dar debajo de un farol de la calle. Va a estar alumbrado.
Salí del cuarto. Mi amigo estaba muy impresionado. Yo seguía divertido. No volvimos a hablar del tema esa mañana, ni los días siguientes, ni durante los meses que vinieron después. Yo, sinceramente, no volví a pensar en aquello más que de pasada, como se piensa en un chiste viejo. La predicción del Tata pertenecía, para mí, al mismo orden de cosas que el horóscopo o las cartas: una mezcla de teatralidad y de azar del que uno se acuerda solo cuando alguien lo menciona.
Lo que pasó después no lo voy a contar todavía aquí, porque este ensayo no es realmente sobre lo que me pasó a mí. Es sobre por qué la literatura cubana contemporánea, treinta años después, sigue sin saber qué hacer con esto.
II. La semana
Entre la consulta de aquella mañana de enero y la fecha de mi cumpleaños, en abril, ocurrió la primera mitad de lo que el Tata había dicho. Los negocios que tenía empezaron a complicarse y, sin que yo terminara de entender cómo, antes de llegar al cumpleaños lo había perdido todo. Para alguien que vive del rebusque cubano, perderlo todo no es un acontecimiento singular: es una de las cosas que ocurren cada cierto tiempo, y uno aprende a recuperarse. Yo lo tomé como una mala racha. No lo asocié con la mañana de enero. La consulta había salido de mi cabeza el mismo día en que ocurrió.
Mi cumpleaños caía el catorce de abril. Cuando llegó, no me acordé de que coincidía con viernes santo. No soy cristiano. La Semana Santa, para mí, era una fecha del calendario civil que apenas se notaba. Solo después de lo que pasó verifiqué que la coincidencia era exacta: el Tata había dicho que mi cumpleaños caería en Semana Santa, y ese año cayó en viernes santo.
El veintiuno de abril, exactamente una semana después de mi cumpleaños, estaba tomando cerveza en mi casa con un grupo de amigos. Mi amigo el de la consulta —voy a llamarlo Julio— estaba entre ellos. Habíamos pasado la tarde jugando dominó. Mi madre nos había preparado chicharrones de cerdo para acompañar la cerveza. Cuando se hizo de noche, mi padre llegó y pidió que la fiesta se fuera a otro sitio. Discutí con él. Mis amigos salieron a la calle y se quedaron esperándome bajo el farol de la entrada de la casa.
Lo que ocurrió después fue rápido y se cuenta breve. Hubo un altercado dentro de la casa. Cuando volví a la calle a reunirme con mis amigos, alguien me alcanzó por la espalda y me clavó un cuchillo encima del ombligo. Estaba bajo el farol, exactamente como el Tata había dicho. Lo primero que pensé, cuando me llevé la mano al estómago y vi la sangre salir, fue la frase de aquella mañana de enero. Lo segundo que pensé fue que ya estaba muerto.
En el camino al hospital se lo dije a Julio. Le dije que me despidiera de todos.
III. El hospital
Llegamos al Hospital La Dependiente. Allí trabajaba un buen amigo mío, un neurocirujano que ese día estaba de guardia por casualidad. Mi hermana fue a buscarlo. Cuando llegó, le pidió a la enfermera los resultados de los análisis urgentes. La enfermera lo miró y negó con la cabeza. Él miró los papeles y vino hacia mí. Recuerdo lo que me dijo casi textual:
—La cosa no pinta bien. Yo voy a hacer lo posible por mantenerte aquí, pero tú tienes que dejar de decir que estás muerto. Tienes que ayudarme. Depende más de ti que de mí.
Y agregó:
—Te voy a decir las cosas como a ti te gustan. La verdad por delante. Tienes una hemorragia interna grave. No sé qué órgano tienes perforado. Has perdido mucha sangre. Tienes cuatro coma cinco de hemoglobina. No sé cómo estás consciente. Pero mantente así. No te duermas.
Subimos juntos al salón de operaciones. Su bata blanca estaba ya manchada con mi sangre. Cuando la anestesista entró a inyectarme, se quedó un rato mirándome y me preguntó si me dolía mucho. Le dije que no me dolía nada, y era la verdad. La cara de ella cambió. Al apoyar la bandeja con la jeringuilla sobre la mesa, no la puso bien y se cayó al suelo. Gritó algo para llamar al resto del equipo.
La operación duró más de lo previsto. Más tarde supe que mi familia esperaba en la recepción. Mientras yo estaba en el salón, mi hermana y mi cuñado escucharon a un camillero comentarle a una enfermera que aquella noche iba a ser larga, que ya había bajado a uno a la morgue, otro caso de apuñalamiento que había muerto en el salón. Mi hermana, que ya sabía por el neurocirujano que mi caso era el peor, se sentó en el suelo a llorar. Tuvieron que levantarla para hacer los trámites de lo que ellos pensaban que era mi cadáver. Cuando preguntaron por mí, les explicaron que junto conmigo había llegado otro apuñalado esa noche. Una herida que parecía menos grave que la mía. Ese había muerto en el salón. El mío, mucho más grave, estaba estable.
Algo que mi amigo neurocirujano me dijo después, ya en la recuperación, lo he recordado durante años. Me dijo, riéndose un poco, que yo era el único paciente en su carrera en el que se había equivocado de diagnóstico. Lo dijo como una nota al margen, con la ligereza con la que los médicos amigos hacen ese tipo de comentarios. Pero la frase quedó. Lo dijo un especialista. Lo dijo con su licencia profesional. Lo dijo sin necesidad de decirlo. Y nunca le pude contestar.
El cuchillo, según los médicos que después estudiaron el caso, había cortado una de las arterias del riñón sin perforar el estómago, que era la trayectoria lógica del corte. Esa anomalía anatómica era la que había hecho posible que yo siguiera consciente con cuatro coma cinco de hemoglobina al llegar al hospital. Si la trayectoria hubiera sido la esperable, no habría llegado vivo.
Hasta aquí lo que ocurrió. La consulta de enero se cumplió en cinco puntos verificables: el cumpleaños en Semana Santa, la pérdida de los negocios antes del cumpleaños, el cuchillo, la envidia como motivo, el farol encendido. Sumado a un sexto: la imposibilidad médica del diagnóstico inicial y la salvación contra toda lógica. No estoy en condiciones de explicar nada de esto. Mi posición no ha cambiado desde aquella mañana: sigo siendo ateo, no tengo prenda, no soy practicante. Solo sé que pasó.
Y lo que me interesa, treinta años después, no es defender la verdad religiosa del Palo. Eso no es asunto mío. Lo que me interesa es preguntarme por qué la literatura cubana contemporánea, que ha trabajado con tanta atención la santería, los orichas, la historia política, el exilio y la nostalgia, no ha producido todavía una obra que tome al Palo Mayombe como cosmología operante. Ni una sola novela cubana de los últimos treinta años, hasta donde he podido leer, lo asume. ¿Por qué?
IV. El rayamiento
Pero antes de llegar a esa pregunta hay todavía una escena que contar. La cuento porque sin ella el resto del ensayo no se sostiene del mismo modo, y porque hasta hoy nadie me ha podido explicar lo que ocurrió esa tarde.
Un mes después de salir del hospital, fui a ver al Tata. Volví con Julio. Llevaba conmigo a otro amigo, también muy cercano, que había decidido acompañarnos. La promesa estaba sobre la mesa desde la mañana de enero: si por casualidad quedaba vivo, debía volver para rayarme. Yo no había cambiado de opinión sobre el Palo. Seguía siendo ateo. Pero había pasado lo que había pasado, y volver no era pagarle una deuda religiosa a una creencia que no tenía. Era cerrar una conversación que él y yo habíamos dejado abierta.
Llegamos a su casa. No era distinta de cualquier otra casa modesta del pueblo en aquellos años. El Tata nos recibió sin sorpresa. Me llevó a un cuarto interior. Me hizo arrodillar. Me vendó los ojos. Lo que pasó allí no lo voy a contar. Cuando me rayé, el Tata me hizo prometer no contarlo, y nunca lo he hecho. Diré solamente, porque eso sí me corresponde, que los cortes —en grupos pequeños, en los puntos del cuerpo que la firma de su casa marcaba— fueron hechos con precisión, y que cuando terminó me quitó la venda.
Lo que vino después es lo que todavía no sé explicar.
El Tata me puso la cuchilla en la mano y me dijo que yo iba a rayar a mis amigos.
Le dije que no. Le dije que nunca había rayado a nadie, que yo no era nadie para hacerlo, que aquello iba en contra de toda regla del Palo que yo había escuchado de los amigos que sí practicaban. Un recién rayado no raya. Hay años de iniciación, hay grados, hay nganga propia. Yo no tenía nada de eso. Acababa de salir de mi propia ceremonia con la sangre todavía caliente.
Él insistió. No con autoridad ni con vehemencia. Con la misma calma con la que me había dicho en enero que iba a morir. Vendó a mis amigos uno por uno. Me puso la cuchilla en la mano. Se quedó cantando bajo en una lengua que yo no entendía y que no era español.
No puedo decir que mis manos se movieron solas. Esa formulación no me pertenece. Lo que sí puedo decir es que yo nunca había rayado a nadie y aquella tarde lo hice. Hice los cortes —en los grupos pequeños, en los puntos que la firma del Tata marcaba— en los dos amigos, uno tras otro. Hice también lo que la ceremonia requería después de los cortes, que no voy a describir. El Tata cantaba. Yo cortaba. Cuando terminé, no podía explicar cómo había sabido qué hacer. Sigo sin poder.
Mis amigos, vendados, no vieron quién hacía los cortes. Pensaban que era el Tata. Solo Julio, en algún momento de la ceremonia, sintió mi mano apoyada en su hombro y creyó reconocer mi mano. Días después, ya en otra parte, me preguntó si había sido yo. Le dije que sí. Le ofrecí contarle lo que había visto y lo que había hecho mientras él estaba con los ojos vendados. Me preguntó qué me había pedido el padrino sobre la ceremonia. Le dije la verdad: el Tata me había pedido no contarla. Julio me miró serio y dijo:
—Entonces mejor no cuentes nada. No quiero que te vuelva a pasar algo de nuevo.
Así quedó el pacto entre nosotros. Nunca le he contado a nadie lo que ocurrió aquella tarde con la cuchilla en mi mano. No me ha costado mucho mantener el silencio. Guardé esa escena lejos de mi cabeza, en un sitio al que no vuelvo, aunque no la olvido. Lo que cuento aquí es lo justo para que se entienda que la escena existió, y no más.
Una cosa sí dijo el Tata mientras me rayaba, y esa frase sí me corresponde. Me dijo, mientras me ponía la cuchilla en la mano, una variante de lo que ya me había anunciado en enero, pero ahora con un añadido que en la consulta no había aparecido. Me dijo:
—Aunque no lo sepas, tú eres mediumnidad.
Después del rayamiento, no volví al Palo. No tengo prenda. No soy palero. No soy creyente. Solo fui una vez más a ver al Tata, tres años después, por una razón distinta que no viene al caso en este ensayo. Desde entonces no he vuelto. Sigo siendo ateo. Lo que pasó en aquella casa modesta de La Habana, conmigo cortando a mis amigos con una cuchilla que un Tata acababa de poner en mi mano, contra todas las reglas conocidas del Palo, no me ha hecho creyente. Me ha hecho más cuidadoso. Y me ha dejado un repertorio de cosas que nadie ha podido explicarme de manera que suene a algo lógico.
Esto último —que las cosas pasaron, que yo sigo siendo ateo, y que la literatura cubana no tiene aún palabras para nombrar lo que pasó— es lo que abre la pregunta del resto de este ensayo.
V. La pregunta literaria
La literatura cubana contemporánea ha tenido una relación productiva, sostenida y a ratos brillante con la religiosidad afrocubana, pero esa relación se ha establecido casi exclusivamente con la santería. Los orichas, las regla de Ocha, los caminos de Yemayá, Changó, Oggún y Eleguá, las consultas de Ifá, los iyawós vestidos de blanco durante el año de iniciación: todo ese repertorio circula en la narrativa cubana de los últimos cuarenta años con naturalidad. Wendy Guerra lo trabaja con sensorialidad en buena parte de su obra, hasta el punto de que en sus novelas la santería es uno de los lenguajes con los que la protagonista comprende su cuerpo y su lugar en Cuba. Pedro Juan Gutiérrez la atraviesa en la Trilogía sucia de La Habana y en su obra posterior, donde los orichas comparten espacio narrativo con la pobreza, el sexo y el rebusque del Período Especial. Karla Suárez, Ena Lucía Portela, Ronaldo Menéndez, Amir Valle, Ángel Santiesteban: la lista de los novelistas cubanos de las dos últimas generaciones que incorporan elementos de santería en su obra es larga, y produce ya un mapa estable. Y Leonardo Padura, el más leído de todos ellos, ha situado en el centro de su novela más reciente, publicada en 2025, a un sacerdote yoruba devenido nuevo rico cubano. La santería ocupa, en la literatura cubana contemporánea, la posición de lengua compartida.
Del Palo Mayombe, en cambio, no se habla. O se habla con una distancia que es ya elocuente.
Aparece a veces, mencionado al pasar. Hay un palero secundario en alguna novela negra. Hay un cliente del Palo que firma un pacto turbio en algún relato sobre los noventa. Hay una nganga descrita en sus aspectos visibles —el caldero, las piedras, los palos, los huesos— y casi nunca en su función operante. El Palo, cuando aparece, aparece como utilería. Como decorado. Como signo de gravedad o de peligro. No como sistema desde el cual se piensa el mundo del personaje.
Esta no es una ausencia menor. La narrativa cubana ha asumido cosmologías ajenas al cristianismo dominante con audacia: el Carpentier de Ecue-Yamba-Ó, ya en 1933, intentaba escribir desde dentro de la religiosidad afrocubana, aunque después él mismo terminara renegando de ese libro como ejercicio de juventud. Lydia Cabrera dedicó la vida a transcribir la memoria oral del Palo y de la santería en obras que siguen siendo insuperables como archivo etnográfico, pero que son archivo, no novela. El paso de archivo a novela —el paso que la santería ha dado plenamente en los últimos cuarenta años— el Palo no lo ha dado.
¿Por qué? Tres hipótesis, ofrecidas no como tesis cerradas sino como puntos de discusión.
La primera es que la santería se deja exotizar y el Palo no. Los orichas tienen rostros, biografías, atributos, colores, comidas asociadas, caminos, mitos. Son personajes mitológicos en el sentido en que Zeus o Quetzalcóatl lo son. Esa estructura narrativa los hace traducibles: un lector que no es cubano puede entrar en Changó como entra en Apolo, porque la lógica de la divinidad como personaje le resulta familiar. La santería, además, se sincretiza con el catolicismo con una facilidad que el Palo no admite: Yemayá es la Virgen de Regla, Changó es Santa Bárbara, Oggún es San Pedro. Ese doble registro permite que el lector católico o postcatólico encuentre puentes. El Palo no tiene orichas en este sentido. Su lógica es otra: la del muerto y la nganga, la del cobro y la deuda, la del pacto entre el vivo y la fuerza que opera. El Palo no exporta personajes; exporta operaciones. Y las operaciones, narrativamente, son mucho más difíciles de tematizar sin convertirlas en folclore o en horror.
La segunda hipótesis es que el yo lírico cubano que circula internacionalmente —y que en buena medida define lo que se publica, traduce y reseña— funciona con la santería porque la santería es decorativa, y no funciona con el Palo porque el Palo no se deja decorar. Una novela cubana que llega a Anagrama, a Tusquets o a una editorial francesa importante suele construir un narrador en primera persona que recorre La Habana entre nostalgia y crítica, dialoga con los orichas como con elementos del paisaje sensorial cubano, y produce esa Cuba reconocible que el lector internacional consume con afecto. El Palo no se presta a ese narrador. No es paisaje. No es color. Es sistema. Una novela cubana que asumiera el Palo plenamente tendría que renunciar al narrador de exportación: tendría que aceptar que su personaje opera dentro de una lógica de cobros y deudas que no se traduce a las categorías psicológicas del individualismo contemporáneo. Esa renuncia tiene un costo de mercado que pocos autores cubanos han querido pagar.
La tercera hipótesis es la más incómoda, y por eso vale la pena nombrarla. El Palo está racialmente codificado en la imaginación cubana de una manera que la santería ya ha superado en parte. La santería tiene practicantes blancos visibles, intelectuales conocidos, artistas internacionales, médicos, profesores universitarios. El Palo, en la percepción dominante, sigue siendo religión de negros. Religión de barrio, religión de solar, religión que se practica más oculta. El campo literario cubano —el que escribe, edita, traduce, reseña— es mayoritariamente blanco-mestizo y de clase media o media-alta. Escribir desde dentro del Palo implicaría asumir un lugar enunciativo que ese campo evita por incomodidad de clase y de raza, una incomodidad que rara vez se admite en estos términos pero que opera en silencio. Es más fácil escribir sobre la santería porque la santería ya ha sido legitimada como cultura cubana general. El Palo todavía no. Y esa frontera de legitimidad es, sin duda, racial.
Tres hipótesis y ninguna basta sola. Probablemente las tres operan a la vez, y probablemente hay más. Pero el hecho permanece: hay un sistema religioso cubano vivo, practicado por miles de personas, que la literatura cubana de los últimos treinta años ha decidido no escribir. No es que no exista. Es que el campo literario ha consensuado en silencio que no entra.
Y la pregunta que un ateo puede legítimamente hacer, treinta años después de haber tenido en sus manos una cuchilla que no debía estar allí, es esta: ¿qué pierde una literatura nacional cuando renuncia a escribir uno de los sistemas que organiza la vida de su pueblo? Toni Morrison no era practicante del conjure afroamericano, y sin embargo escribió Beloved desde dentro de la lógica del muerto que reclama y de la deuda que no se salda. Rulfo no era espiritista y sin embargo escribió Pedro Páramo desde dentro de una cosmología donde los muertos dialogan con los vivos sin solución de continuidad. Esas dos novelas son piezas mayores de la literatura del siglo veinte precisamente porque sus autores aceptaron asumir, narrativamente, cosmologías que no eran las suyas privadas pero que estaban vivas en sus pueblos. La literatura no necesita la fe del autor. Necesita la disposición a entrar en la lógica desde la que un mundo funciona.
La literatura cubana contemporánea no ha producido todavía su Beloved del Palo. Ni su Pedro Páramo palero. Cuando lo haga —si lo hace— ampliará el canon de lo cubano en una dirección que la santería literaria, por más bien escrita que esté, no puede cubrir. La santería entra por la puerta de los personajes mitológicos. El Palo entrará, si llega a entrar, por la puerta de las operaciones invisibles: los cobros, las deudas, los pactos no firmados, las consultas que se cumplen, los muertos que no se ven pero que organizan los actos. Esa puerta exige otro tipo de narrador. Y exige, también, otro tipo de lector.
VI. Coda
Han pasado treinta años desde aquella mañana del primero de enero. No he vuelto a Cuba más que en el recuerdo. El Tata ha muerto hace tiempo: lo supe por Julio, que también salió de la isla unos años después de mí, en circunstancias que no vienen al caso aquí. Los amigos que rayé aquella tarde están repartidos por dos continentes. Yo escribo este ensayo desde un país que no es el mío. Mis manos, las que aquella tarde sostuvieron una cuchilla que no debía estar allí, escriben ahora en un teclado bajo otra luz.
Sigo siendo ateo. No tengo prenda. No soy practicante. No me he vuelto religioso ni aun queriendo. Pero hay un repertorio pequeño de cosas que la vida me ha pedido aceptar sin entender. La consulta de enero está entre ellas. La cuchilla en mi mano también. El otro hombre que murió en el mismo salón mientras yo vivía, también. No tengo categorías para nombrar lo que ocurrió. Sigo sin tenerlas. Probablemente no las tendré nunca.
Lo que sí he aprendido en estos treinta años —y es la única certeza con la que cierro este ensayo— es que el silencio de la literatura cubana sobre el Palo Mayombe no es indiferencia. Es estrategia. Es protección. Es economía de mercado y es incomodidad de clase y es frontera racial no admitida. Es muchas cosas a la vez. Pero todas esas cosas son decisiones de campo. Y las decisiones de campo pueden cambiar.
Un editor de una revista literaria, o un crítico cubano joven, o un novelista de la próxima generación, pueden leer este ensayo y decidir que el silencio ya ha durado bastante. Pueden decidir que el campo está listo para asumir lo que ha esquivado durante treinta años. Yo no pretendo decirle a nadie qué debe escribir. Soy un ateo que sobrevivió a una predicción que no debió cumplirse, y que después tuvo en la mano una cuchilla que no debía estar allí. Mi lugar en esta conversación es modesto: traer noticia de que el sistema religioso que la literatura cubana no escribe está vivo, opera, cobra, salda, y a veces, por razones que no entendemos, permite que alguien sobreviva.
Ese alguien, en este caso, fui yo. La consulta de la mañana del primero de enero, treinta años después, sigue diciendo lo mismo. Yo sigo sin estar Iré. Sigo Osogbo, probablemente. Pero estoy vivo. Y mientras lo esté, voy a seguir pensando que la literatura cubana tiene una conversación pendiente con el Palo, y que esa conversación —cuando llegue— será una de las cosas más importantes que la narrativa de la isla haga en los próximos años.
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La trilogía cubana Ya Eres un Hombre —Tierra Roja, Sal y Sombra y El Eco—, escrita entre 2015 y 2026, es una de las respuestas posibles a la pregunta que este ensayo fórmula. El primer capítulo de Tierra Roja está disponible en muestra gratuita: Leer el Capítulo I gratis (PDF)
Mientras tanto, el Tata fuma su tabaco en algún sitio donde los ateos no llegamos. Y yo escribo.
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Ficha biográfica
H. del Monte (Cuba, 1959) reside en Europa desde 2001. Es autor de la trilogía cubana Ya Eres un Hombre (Tierra Roja, Sal y Sombra, El Eco), escrita entre 2015 y 2025-26 y publicada en Amazon en 2025-26 por Ediciones del Monte. La obra recorre veintiocho años de vida cubana, desde el oriente industrial de Moa hasta el Maleconazo de agosto de 1994, articulando la historia política reciente de Cuba con el Palo Mayombe como cosmología operante. Una semana de vida es su primer ensayo publicado.
Datos de contacto
Correo electrónico: autor@hdelmonte.com
Sitio del autor: hdelmonte.com
Residencia: Europa


