La segunda Tropicana de los fines de semana era El Salón Mambí. Luces sucias, humo de cigarro que no dejaba ver la cara del que tenías al lado, ron y cerveza baratos en pergas de cartón, buscavidas mezclados con funcionarios torcidos que de día firmaban y de noche compraban. Las noches eran iguales y distintas: acuerdos a media voz, mujeres fáciles, baile para soltar lo que uno cargaba adentro y peleas que estallaban sin aviso, puro alcohol y pura adrenalina.
En ese lugar, lo que yo llevaba conmigo se ponía más fuerte. La línea entre lo que yo creía ser y lo que me empujaba se borraba casi del todo, como una raya de tiza en el piso que la gente va pisando hasta que ya no se sabe dónde estaba.
Para entrar había que hacer una cola inmensa, sin orden, con gente empujándose, custodiada por policías que no ponían orden a propósito. «Déjalos, a ver si se matan entre ellos y así quedan menos», lo decían delante de uno, sin bajar la voz, porque en este país el desprecio se dice en alto.
Rai y yo usamos otro método. En una bodega cercana dejaban afuera cajas de madera y sacos de yute para cargar frutas. Apoyamos las cajas contra el muro —dos metros y medio, coronado de botellas rotas fundidas en el cemento, vidrios afilados apuntando al cielo— y sobre los vidrios echamos los sacos para pasar por encima.
Subí primero. Me quité la camisa y me la puse como un turbante para no ensuciarla. Desde arriba vi el otro lado: arbustos y, detrás, las luces de la pista. La base del muro estaba a oscuras, con franjas de luz colándose entre las ramas. No había policías.
—No hay problema —le dije a Rai.
Y me tiré sin pensarlo.
Al caer, el saco se corrió. Un vidrio me mordió el costado, a la altura de la trabilla; un corte pequeño, pero hondo. La sangre brotó caliente. Saqué el pañuelo, cubrí la herida y la fijé apretando el cinto. El pantalón era negro; la mancha no se vería. La camisa blanca, intacta. Cuando Rai bajó a mi lado, yo ya estaba vestido y no dije nada.
No dije nada, pero pensé una cosa rara, de esas que uno piensa y enseguida quiere no haber pensado: que el muro me había cobrado la entrada. Que uno no pasa gratis por encima del vidrio. Que en este mundo todo el que salta paga sangre, y el que no la paga arriba, la paga abajo.
Fuimos por cerveza, por mujeres conocidas. Bebimos, bailamos, nos mezclamos con el sudor ajeno, besamos bocas que sabían a alcohol caliente, nos dejamos llevar por la música y las luces hasta que las horas dejaron de contarse.
La pelea llegó al amanecer, que es cuando llegan las peleas: cuando el alcohol ya no alegra y empieza a pedir. Un muchacho casi de nuestra edad tropezó con tres bestias de madrugada. Lo agarraron por la camisa. Él, con los ojos vacíos, estaba sin entender qué había hecho; casi nunca uno ha hecho nada. Ese vacío en sus ojos me atravesó. Lo conocía: lo había tenido yo contra una pared de albergue, contra un azulejo de baño, contra el polvo de un edificio en ruinas. Sentí el cuerpo tensarse solo, como se tensa un perro antes de que uno oiga lo que el perro ya oyó.
Y entonces, la niebla.
No sé si fue el alcohol o el cansancio. Fue algo empujando desde adentro, subiéndome por el pecho, y un ruido que crecía y crecía y que no era la música: un rugido de tambores que nadie más parecía oír, solo yo. Y esta vez tuve miedo de saber para qué sonaban. La última imagen antes de perderme fue la de mis propias manos empezando a abrirse.
Cuando recuperé la vista, estaba en el suelo. Olor a sangre y a cerveza sobre el cemento. Rai me sacudía, desesperado, revisándome el cuerpo con las dos manos.
—¿Te hirieron? ¿Quién fue? Tienes sangre en el costado.
—No recuerdo nada —dije.
Y era verdad, y esa verdad me cortaba por dentro más hondo que el vidrio del muro. La sangre del costado era la del muro, la de antes, pero había otra sangre en el cemento que no era mía, y de esa yo no podía dar cuenta. Alguien la había hecho brotar con mis manos mientras yo no estaba en mi cuerpo. Y ese alguien tenía mis manos, mi nombre, mi identidad; todo mío, hasta las manos, solo que, en el momento justo en que hicieron falta, ya no eran mías.
Rai me miró con una rabia que apenas contenía.
—Esto no se puede, Loco. Así no. Tú no te puedes meter en la mierda de cualquiera. ¿Y el que defendiste? —soltó una risa sin gracia—. Se largó en cuanto saltaste. Corría como si tú nunca hubieras existido.
Guardé silencio. ¿Cómo se explica lo que no se entiende? ¿Cómo le digo que no salté yo? Que yo estaba en la niebla, oyendo tambores, y que el que saltó a defender a un desconocido no defendía a nadie: cobraba. Uno por ti, otro para mí. El muchacho de los ojos vacíos fue nada más que la excusa. La sangre estaba pactada desde antes; solo faltaba un cuerpo donde ponerla, y esa noche fui yo el que puso la mano.
Rai tragó saliva. Se inclinó sobre mí, amenazante:
—Un día te van a matar, socio. O van a matar al que esté contigo —se enderezó, y lo último lo dijo como se dicta una sentencia, sin mirarme ya, mirando la puerta por donde iba a irse—: Y ese no voy a ser yo.
Se fue. Lo vi cruzar la pista vacía, entre los vasos rotos y las pergas aplastadas, sin voltearse ni una vez, igual que se había ido el muchacho al que salvé. Igual se van todos, tarde o temprano, los que caminan al lado de uno cuando entienden que al lado de uno camina otro.
Me quedé en el suelo un rato más. Los tambores se habían callado. En el costado, la herida del vidrio latía despacio, marcando un tiempo que no era el mío. Me toqué las manos: estaban tranquilas ahora, quietas, obedientes, como un animal que ya comió y se echa a dormir, satisfecho.
Afuera empezaba a aclarar. Por encima del muro asomaban las botellas rotas, brillando con la primera luz, esperando al próximo que creyera que se puede pasar sin pagar.
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