Afuera, la ciudad respira a oscuras. El apagón se comió el barrio entero a las nueve, y desde entonces La Habana es un animal echado que finge dormir. En Cuba la oscuridad nunca es solo falta de luz: es una forma de vigilia. Todo el mundo despierto y quieto, escuchando, porque en lo oscuro las noticias caminan mejor que la gente.
El expediente está sobre la mesa, junto a la vela. Grueso como un ladrillo. Más pesado que mi conciencia, y eso ya es decir.
Me lo trajo Eloy esta tarde, envuelto en papel de cartucho, como quien trae pan.
—Lo tienes hasta mañana a las seis —dijo—. A las seis y cinco ya no te conozco.
No le pregunté cuánto le costó sacarlo ni qué le debo. Con Eloy las deudas no se hablan: se acumulan, y un día él viene a cobrarlas todas juntas, con intereses que no aparecen en ningún papel. Así funciona esto. Aquí nadie llega lejos sin ensuciarse las manos, y a mí a veces me da por contarlas, a ver cuántas me quedan limpias. La cuenta nunca me pasa de una. Y esa una, si la miro bien, tiene una cicatriz cruzándola.
Abro el cartapacio por la última página, que es donde los expedientes dicen la verdad. Lo demás es relleno: actas, informes, papel gastado en describir a un hombre que no soy.
Asunto reservado. Conducta impropia. Asociación con elementos religiosos ilegales. Posible implicación en un delito grave.
Conducta impropia. Sonrío en la penumbra. Han visto algo, o alguien les contó, o juntaron pedazos: un bar, un baño, una noche que ni yo mismo terminé de entender. Le pusieron nombre de reglamento a lo que no tiene nombre ni para mí.
Elementos religiosos ilegales. Eso es Anselmo, eso es un cuarto con una vela y un fundamento, eso son los caracoles sonando sobre una estera. Al Estado le molestan los muertos ajenos porque no los puede citar a declarar.
Posible implicación en un delito grave. Ahí me detengo. Paso las hojas hacia atrás, buscando. Encuentro el informe: madrugada, Centro Habana, un ciudadano con heridas graves, sin testigos.
Sin testigos.
Sigo leyendo y la vela se acuesta un poco, sin que entre aire por ninguna parte.
El informante —un nombre tachado con tinta negra, encima del tachón alguien escribió “fuente confiable”— declara que esa noche vio al compañero investigado salir del edificio en ruinas, caminando despacio, y limpiarse la cara con la manga.
Bajo la declaración, una nota a mano, con otra letra, más apurada:
La fuente no pudo precisar desde dónde observó los hechos. Insiste en que “estaba parada bajo una ventana con luz”. Verificado: esa cuadra llevaba tres días sin fluido eléctrico. No hay ventanas con luz en el área. Se recomienda no utilizar el testimonio.
Me quedo mirando la nota hasta que las letras se mueven. Tres días sin corriente. Y yo la vi. La ventana encendida, la mujer debajo, los labios moviéndose sin voz.
Ellos tienen razón y yo también: nadie pudo estar ahí. Y ahí estaba.
Cierro el expediente. Ahora sé lo que Eloy no sabe que me trajo: no me vigilan solamente los vivos. Hay una fuente confiable que no aparece en ningún registro de direcciones, que declara sin firmar, que ve en lo oscuro porque lo oscuro es su elemento. Y no me denuncia del todo: dice lo justo para que sepan, no lo bastante para que prueben. Como quien no quiere hundirme, sino recordarme quién lleva la cuenta.
Uno por ti, otro para mí. También en esto.
La vela se endereza. Afuera, un carro pasa despacio, demasiado despacio, y sigue de largo. Me sirvo dos dedos de ron y espero, porque esta noche puede que toquen a la puerta, y si vienen no va a ser para preguntarme el nombre. El nombre ya lo tienen, escrito en la tapa de un ladrillo de papel.
Lo que no tienen, lo que no van a tener nunca, es lo que camina conmigo. Eso no se archiva. Eso no se sella.
A las cinco y media envuelvo el expediente en su papel de cartucho. Antes de cerrarlo, arranco la nota a mano —solo esa— y la quemo en la vela. No para protegerme de ellos.
Para que ella sepa que recibí el mensaje.
Anterior en Cuentos: [La última apuesta].
Otras piezas breves del universo en la serie [Postales del muerto] , [Ensayos] y [Voces de la isla].
📕 Leer el Capítulo I de Tierra Roja gratis (PDF).
Si te llegó, compártelo con quien piense que podría interesarle.
📚 La trilogía completa en Amazon.
H. del Monte publica una postal o un cuento cada dos semanas. Si quieres recibirlos por correo, suscríbete abajo.



