El nombre
Cuentos · Sobre un enemigo que no se nombra, una cicatriz que firmó sin permiso, y un caracol guardado bajo un bombillo.
Hay un nombre que no digo desde hace años. Lo enterré como se entierran las cosas en esta isla: sin caja, poco hondo, con apuro. Por eso vuelve. Lo mal enterrado siempre vuelve.
De día no existe. De día soy un hombre que hace colas, que saluda, que carga con su cuerpo de una punta a otra de La Habana. Pero de noche el nombre se sienta en el borde de mi cama y espera a que me duerma para pronunciarse solo.
Dos veces lo tuve delante.
La primera vez llevé un cuchillo y esperé en una esquina toda la noche. Salió de la sombra un hombre que no era. Un viejo con una jaba de compras que me gritó borracho, y el cuchillo, al guardarlo, me mordió a mí. Ocho puntos. Todavía tengo la línea blanca cruzándome la palma, como si la mano hubiera firmado algo aquella noche sin consultarme.
La segunda vez no llevé nada. No hizo falta. La noche puso el pedazo de madera donde mi mano iba a buscarlo, y puso el apagón, y puso el edificio abierto como una boca. No hubo heroísmo. No hubo ni siquiera decisión. Fue un acto que ya venía hecho desde antes, y yo solo le presté el brazo. Cuando terminé, la linterna giraba en el suelo alumbrando a pedazos lo que quedaba, y yo me fui caminando despacio, porque correr es de los que deciden.
Por la radio dijeron heridas graves. No dijeron nombre. Yo tampoco lo digo. Estamos a mano en eso, él y yo: dos hombres sin nombre, uno en una cama de hospital y otro en una cama que no sirve para dormir.
Porque desde esa noche algo me sigue los pasos. No es él. A él lo sentiría: los vivos pesan, arrastran, respiran. Esto camina detrás sin gastar el piso. Se detiene cuando me detengo. Hay una mujer también, a veces, parada bajo las ventanas con luz, que mueve los labios sin que le salga la voz. No sé si es parte de lo que me sigue o si es otra cuenta aparte. En este país uno nunca tiene una sola deuda.
Lo peor es el otro secreto. El que ni yo entiendo.
De niño olí una vez tabaco y sangre juntos, en un cuarto donde no debía estar, y vi un altar de huesos alumbrado por una vela. Alguien me sacó de allí tapándome los ojos, pero tarde: lo visto no se destapa. Ese olor se me quedó en un lugar del cuerpo que no aparece en los libros de anatomía, y ahora, cada vez que la vida se pone oscura, el olor sube primero, como un aviso.
Años después un hombre me tiró los caracoles en plena calle. Los dejó caer en la palma y sonaron a metal. Dijo que mi muerto gruñía de hambre. Dijo: uno por ti, otro por él. Me dio un caracol chiquito, pálido como un diente de leche, para romperlo cuando estuviera listo para oír al otro.
Lo tengo todavía. En una caja de madera, con las cuentas de un collar roto. Algunas noches lo saco y lo pongo sobre la mesa, bajo el bombillo, y nos miramos. Es solo un caracol. Pero yo sé que adentro hay una voz esperando turno, y que las respuestas nunca salen gratis, y que hay preguntas que uno hace una sola vez en la vida porque la respuesta le cobra el resto.
Una vez llevé la pregunta a un cuarto de santo, sin decir el nombre, dando vueltas alrededor del asunto como se le dan vueltas a un hueco. El santero tiró los caracoles y se quedó mirándolos mucho rato. Después me miró a mí de otra manera.
—Aquí habla Siete Rayos —dijo—. Y se está riendo.
—¿De qué?
—De que tú preguntas por un enemigo y traes dos: uno afuera y uno adentro. Y al de adentro le estás dando de comer todas las noches.
No volví.
Dicen que todos tenemos un muerto que nos acompaña. Que unos lo llaman ángel, otros sombra, otros no lo llaman por miedo a que conteste. El mío no necesita que lo llame. El mío se sabe el nombre que yo no digo, y lo repite bajito del otro lado de mi sueño, para que yo no olvide que la cuenta sigue abierta y que un día, entre los dos, la vamos a saldar.
Por eso no duermo. Dormir es dejarlo solo con el nombre.
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