El médico no me lo dijo a mí. Se lo dijo a la pared, mirando la planilla, porque hay frases que pesan menos si uno no mira a quien se las tira encima.
—No hay remedio.
Así, sin adornos. En este país hasta las sentencias vienen racionadas.
Me dejaron en la sala del fondo, la que está cerca del pasillo de servicio, y eso también fue un dictamen: a los que van a salir por la puerta ancha los ponen cerca de la puerta ancha. Por la ventana se ve un pedazo del patio del Calixto García y un almendro que suelta hojas aunque no haga viento.
Yo he tenido miedo antes. Al miedo lo conozco de cerca, comimos juntos muchos años. Sobreviví entre bestias imitando su rugido: en la escuela al campo, en el puerto, en la cola del pan, en oficinas donde una firma vale una vida. Rugía como ellas y las bestias me creían de la manada. Aprendí también a pactar con lo que no tiene nombre. Unos le dicen santos. Otros, sombras. Yo aprendí a no decirle nada: a poner el plato, encender la vela y no preguntar quién comió.
Pero el miedo de esta noche es otro. Los de antes se escondían: detrás de un uniforme, dentro de un sobre, en el ruido de una guagua frenando. Este no se esconde. Tiene bata blanca, huele a desinfectante y me tutea.
A medianoche se fue la luz. En el hospital los apagones no sorprenden a nadie: las enfermeras encendieron un quinqué en el puesto y siguieron en lo suyo. Fue entonces que sentí el peso en la silla, junto a la cama. No lo vi. No hacía falta.
—Tú sabes a lo que vine —dije.
El que estaba sentado no dijo nada. Los que son como él no gastan palabras: las cobran.
Yo sé cómo es el juego, me lo enseñó un viejo que ya cruzó. La vida no se regala, se apuesta. Y a mí me queda una sola ficha. La puse sobre la sábana, que es como poner el pecho.
—Si me quedo, no me quedo solo. Ya sé la regla: uno por ti, otro para mí.
Afuera el almendro soltó una hoja. La oí caer, que es algo que no se oye nunca, y en eso supe que la apuesta estaba aceptada.
Ahora espero el amanecer. Si el médico entra y encuentra la cama vacía, perdí. Si entra y me encuentra vivo, también habré perdido algo, solo que más despacio: porque el que abra los ojos en esta cama va a tener mis manos, mi nombre y mi identidad, pero yo no sé quién va a mirar por mis ojos.
Esa es la letra chica de todos los pactos, y ya es tarde para leerla.
Amanece. El almendro está quieto. Alguien, dentro de mí, se despierta primero.
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