Imagínate que eres la querida. La de al lado. La que llaman cuando la de la casa está durmiendo o está brava o simplemente no está. A ti no te llaman para que le laves, ni para que le cocines, ni para que le aguantes las borracheras ni le resuelvas la vida. A ti te llaman para lo otro. Y te dan un menudo, porque la cosa está mala y todo el mundo lo sabe.
Míralo por el lado bueno, que en este país hay que mirarlo todo por el lado bueno o no se sobrevive. Esos disgustos que los pase la mujer de su casa. Lo tuyo es sencillo: coger tu cariño y coger tu ayuda. Ir para aquel alquiler donde te dan tu pomito de hielo contra la pared (porque no hay corriente ni pa’l hielo) y gozar lo que te toca.
Imagínate estar en tu cuarto, sin luz, echándote fresco con un cartón, ostiná del país este, cuando de pronto suena el teléfono. Y tú, que ya sabes de quién es ese timbre, sales corriendo pa’l patio a buscar cobertura como quien corre a misa.
—Mi amor bello.
—Aquí, papi. En la casa, sin corriente. Empegostá. No es fácil.
—Ay, mi vida. Óyeme, ¿tú no me echas de menos?
—Todos los días. Pero no te llamo, no te quiero buscar un problema.
Y ahí está la clave, mija, que tú desde el principio sabes exactamente lo que estás cuidando. No lo cuidas a él. Cuidas el problema. Cuidas no ser tú la que le mete el tarro en la cara a la otra, aunque el tarro se lo estés metiendo cada vez que suena ese teléfono.
—Prepárate —dice él—. En el 12 planta. Un amigo me prestó el apartamento.
Y para allá vas tú.
El 12 planta era otro mundo. Un apartamento con todos los tiki-tiki: aire acondicionado que zumbaba como bendición, cama buena, privacidad. Ahí nadie te preguntaba nada. Ahí tú podías gritar lo que te diera la gana, que los vecinos en este país aprendieron hace rato a no meterse en lo que grita el de al lado. Cada uno con su muerto, cada uno con su bulla.
Después, cuando ya se acababa lo bueno, te dabas tu baño, te ponías bonita, y empezabas la segunda parte, que es la de hacerse la enamorada.
—Coge, mami. Pa’ que compres tus cositas. Y mira, coge estos ciento veinte fulas.
—¿En serio, papi?
—Pero no me lo gastes, que eso es pa’l EcoFlow. Yo te voy a ayudar, mi amor. Tranquila.
Y así te ibas tú: contenta, con plata en el bolsillo, y con la promesa de un EcoFlow que en esta isla es más o menos como una promesa de matrimonio. Alguien que te promete corriente propia es alguien que te promete no depender del país. Es casi amor.
Pero ahí está la trampa, y la trampa no la puso él. La puso la cosa esa que gobierna estos enredos, que es más vieja que Yoel y que tú y que el 12 planta.
Mientras más te llama, más cariño le coges. Y una noche, boca arriba, con la patica arriba de él, mirándolo como una carajita, se te sale la pregunta que no se debe hacer:
—¿Y por qué tú no dejas a tu mujer?
Y él, sin abrir los ojos:
—Ah, pero tú estás loca, mami. Yo no puedo dejar a mi mujer.
—Ah. Entonces yo soy una puta.
—Yo no dije eso.
—No, si tú no dijiste nada. Tú lo que no puedes es dejar lo seguro por lo inseguro.
Y ahí empieza tu melancolía. Ahí te pones tóxica. Ahí empiezas a querer más que la de la casa: más llamadas, más mensajes, más tiempo, más detalles. De todo. Empiezas a pelear por un puesto que tú misma escogiste no tener.
Pero el tiempo, mija, el tiempo es palero. Trabaja despacio y cobra parejo.
Un buen día, después de años de disgustos, la mujer de la casa se cansó. Así, sin drama, como se cansa la gente de verdad: en silencio, un martes cualquiera. Y lo dejó.
Y empezó tu transformación.
Yoel empezó a quedarse dos días. Después tres. Un día te dijo “mami, ve a mi casa y échale un lavao’”, y tú fuiste. Cocinaste. Comiste. Dormiste. Y una mañana, sacando la basura, te diste cuenta de que ya no eras la querida.
Felicidades.
Ya eres la mujer de la casa.
En el edificio hay una vieja que se sienta en la escalera a fumar tabaco. De esas viejas que en Cuba lo saben todo sin que nadie les cuente nada. El día que te vio entrar con las bolsas de mercado, como quien entra a lo suyo, te miró de arriba abajo, echó el humo despacio, y te dijo una sola cosa:
—Uno por ti, otro pa’ mí, mi’ja. Así es la rueda. El que sube es porque bajó otro.
Tú no le hiciste caso. Uno nunca le hace caso a las viejas de la escalera. Hasta que le toca.
Porque pasa el tiempo, y tú feliz. La mujer de la casa, con su hombre, con su corriente, con su vida por fin en orden. Hasta que un día sales a comprar unas cosas y, como cosas de la vida, pasas por el 12 planta.
Te paras. Miras el edificio para arriba. Y sonríes, con esa nostalgia rica de las cosas que uno ganó.
—Ay, Dios mío, cómo Yoel me traía aquí. Qué tiempos.
Y de momento…
La taquicardia.
Porque se te clava en la cabeza, como un clavo oxidado, una preguntica de nada: ¿Qué posibilidad hay de que Yoel no esté ahí ahora mismo, en el 12 planta?
Y en ese segundo te acuerdas de la vieja de la escalera. Uno por ti, otro pa’ mí. Y te acuerdas de algo peor: te acuerdas de lo que Yoel le hacía a su mujer contigo, en esa misma cama, con ese mismo aire acondicionado zumbando como bendición. Te acuerdas de que tú fuiste, una vez, la respuesta a la pregunta que ahora te está matando.
No vengas ahora a decir que tú eres la mujer. Tú sabes mejor que nadie lo que se hace en el 12 planta mientras la mujer se echa fresco con un cartón.
Y ahí empieza el verdadero ataque de tarro. El de verdad. El que no es celos: es contabilidad. Es la cuenta que se abrió el primer día que subiste contenta y que ahora, tantos años después, alguien vino a cobrarte.
«¿Y si Yoel está ahí? ¿Y si tiene otra? ¿Y si le está diciendo a otra que no le gaste los fulas, que eso es pa’l EcoFlow?»
Ya no puedes con la cabeza. Tienes que subir.
Doce plantas. A pie, porque el elevador lleva tres años parado. Doce plantas subiendo la misma escalera que subiste de muchacha corriendo a lo prohibido, solo que ahora las piernas te pesan y no es por el placer.
Llegas a la puerta. La misma puerta. Respiras. Y empiezas:
—¡Yoel! ¡Yoeeel! ¡Yo sé que tú ta’ ahí, coño! ¡Abre, Yoeeeel!
Y detrás de la puerta, mija, puede haber cualquier cosa.
Puede que no haya nadie, y seas tú gritándole a un apartamento vacío, haciendo el ridículo delante de una puerta cerrada, cobrándole al edificio una deuda que en realidad te debes a ti.
Puede que esté Yoel, solo, viejo, dormido, sin fuerzas ya ni para engañar a nadie.
O puede que del otro lado, en ese instante, una muchacha se esté poniendo bonita después del baño, y esté oyendo tus gritos, y esté pensando —igualita a como pensaste tú—: «pobre loca, esa lo que está es amargá».
Sin saber todavía que le estás gritando su futuro. Que tú eres ella dentro de veinte años, parada del lado de afuera de la misma puerta.
Sigues tocando. Sigues gritando el nombre.
Y la vieja de la escalera, dos pisos más abajo, echa el humo despacio y no sube a ver. Ella ya sabe cómo termina. Lo ha visto subir y bajar en ese edificio más veces de las que tiene dedos.
Uno por ti. Otro pa’ mí.
¿Estará Yoel?
¿O será, mi amor, que la rueda nunca para, y que el que se monta contento es siempre el que no ha visto todavía dónde queda el otro lado?
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