El viejo mira la mano y no la suelta. La voltea despacio, como quien lee un papel al revés. Afuera llueve sobre Guanabacoa y el agua suena en el techo de zinc igual que pasos.
—¿Cuándo caminaste con un muerto?
Eric quiere reírse. No le sale.
—Nunca.
El viejo pasa el pulgar por el centro de la palma, por un punto exacto, como si ahí hubiera algo escrito.
—El frío entra por donde uno lo agarra —dice. Y esta mano agarró.
Eric piensa en una carretera. No quiere pensar en ella y ya está pensando. Aquella oscuridad que no dejaba ver ni las manos, el barranco a la izquierda, la voz de Osmani pidiendo que caminaran juntos. Y lo otro. Lo frío y viscoso que respondió cuando él estiró el brazo. La risa donde nadie rió.
—Eso fue el sereno —dice Eric.
—El sereno moja. No agarra.
El viejo le suelta la mano por fin. Se queda mirando la lluvia o algo que está detrás de la lluvia.
—Salieron dos y llegaron dos —dice. Pero caminaron tres. Por eso les faltó la noche: el que iba con ustedes andaba a su paso, no al de ustedes.
Eric mira su palma. No hay nada. Nunca hubo nada. Solo que desde entonces, cuando le dan la mano, él aprieta primero.
El viejo sonríe y no insiste. Los muertos no tienen apuro. Les sobra lo que a Eric le faltó esa noche.


