Cuando abrió los ojos todo estaba a oscuras. Apagón, pensó, como es lo primero que se piensa en Cuba. Estiró la mano hacia el interruptor por costumbre, aunque el interruptor nunca funciona cuando hace falta.
Fue entonces cuando vio la brasa roja del televisor del vecino, encendido al otro lado de la pared. Y el resplandor del reloj sobre la mesa, marcando las tres. Y por la rendija de la ventana, un poste de la calle alumbrando amarillo.
Había luz en todas partes. Menos en sus ojos.
No se movió. Ya conocía esa oscuridad: no era la de la ciudad, era la de adentro, la que baja cuando el otro necesita mirar por la ventana un rato y corre la cortina para que el dueño no estorbe.
Esperó, ciego en su propia cama, como se espera a que alguien termine de usar lo que uno prestó sin querer.
Al rato, de golpe, volvió a ver. El techo. La grieta de siempre. Las tres y cuarto en el reloj.
Quince minutos. No preguntó qué había visto el otro en esos quince minutos. Hay cosas en las que es mejor no saber para qué se usó la propia cara.
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